Hace mucho tiempo, rondando el comienzo del siglo
pasado, la selva del Amazonas, un lugar exótico, hermoso y conocido por pocos,
fue escenario de una aventura maravillosa que te voy a contar.
Yo era un navegante joven, embarcado en un navío
inmenso, gigantesco, bello e imponente, también conocido como “El Perla Negra”,
navegado por el misterioso Capitán Barba Violeta. En esta gran nave, era un
marinero novato llamado Gervasio Ernesto Devalbachio Difrigore, o también conocido
como Tito.
En un 16 de diciembre
de 1910 el barco estaba yendo a mucha velocidad por el rio amazónico, mientras
que nosotros disfrutábamos del espectáculo que nos estaba dando la naturaleza.De
repente, un gigante cardumen de anguilas
eléctricas gigantes se apareció del medio de la nada.
—Joven marinero, ¿cómo
se llama? —me pregunto el capitán.
—Tito—respondí
rápidamente.
— ¡Tito, fíjate por la
borda qué son esos monstruosos seres del río!
—Parecen ser unas
horripilantes anguilas eléctricas.
—Joven, tome su arpón
y junto a los demás marineros ataquen a esas bestias—me ordenó el capitán con
total desesperación.
Nosotros les dimos
lucha a esos horripilantes monstruos pero fue inútil porque las anguilas ya
habían hecho un agujero gigante en el barco y todo estaba perdido, el barco se
hundió y solo unos pocos sobrevivimos al naufragio, quedando a la deriva del río
y de sus dioses. Luego de tanto rezar para salvar nuestras vidas, finalmente
nos quedamos dormidos.
Al otro día me
desperté en el suelo asombrado de lo que estaba viendo: un montón de aborígenes
semidesnudos tan sorprendidos como yo. Ellos me ofrecieron un líquido extraño
parecido a un licor y unas frutas realmente deliciosas que no conocía. Cuando
pasé la vista a mi alrededor no vi a ningún marinero y todavía, después de
muchos años, no sé qué habrá sucedido con ellos.
Luego me guiaron a un
lugar cercano donde estaban sus viviendas, mientras tanto, pude observar un paisaje abundante en flora y fauna tropical
además de riachos y enormes montañas. En un claro del bosque vi sus chozas,
estaban hechas de barro y paja, dispuestas de manera circular alrededor de otra
más grande, donde (creía yo) viviría el cacique y su familia. Estaba en lo cierto:
allí en la gran casa vivía el cacique con su hermosísima hija llamada Dalila.
Me enamoré perdidamente de ella, con su largo pelo castaño, su hermosa
figura y sus hermosos ojos, grandes como
las estrellas que guiaban al “Perla Negra”. Yo quería casarme con ella porque
Dalila me había demostrado su cariño pero para poder casarme con su hija, el
cacique me impuso una prueba casi imposible: pelear con el gran orangután que
vivía en la cima de la montaña y asustaba a este pueblo desde los tiempos más
remotos.
Sin grandes preparativos pero muy
enamorado, subí a la montaña en búsqueda de la gran bestia. La pelea fue feroz,
pero en un momento sintiéndome casi rendido, recordé la historia de “David y
Goliat”, entonces tome un par de piedras y se las lance al animal dándole de
lleno en sus ojos, de modo que quedó ciego
y cayendo por el precipicio, el animal finalmente se rindió.
—Abuelito, abuelito, ¿Esta historia pasó?—preguntó mi
nieto Omahasa
— ¿Cómo crees que nos conocimos con tu abuela Dalila?—contesté.
—! Qué linda historia ¡¿Cómo termina?
— ¿Y vos cómo crees que terminó?...
Muy bien, Mateo! Muy buen relato!
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