Mi
nombre es Arturo Quizcouz. Todos los días me levantaba, me hacia la leche y
enseguida tomaba el colectivo de la
línea 22, que me dejaba a una cuadra de la escuela; y así era siempre. Todos
los días. Con lluvia, con tormenta o con un sol radiante que no te dejaba
estar.
Tenía
14 años y el 22 de septiembre de 1971
fue un día que me desperté tarde, porque la noche anterior había sido el
cumpleaños de un familiar que vivía en La Plata. Ese día no tuve ni siquiera tiempo para tomar
la leche. Salí apurado. Estaba lloviendo tenazmente y yo tenía únicamente la
remera de la escuela cuando, de repente, casi milagrosamente, se aproximó un
colectivo, subí y le pedí, como siempre, el boleto de 50 centavos que me dejaba
a una cuadra de la escuela.
Estaba
muy cansado y empecé a dormitar,
entrecerraba los ojos y movía la cabeza para tratar de despabilarme, hasta que finalmente me
dormí.Cuando abrí los ojos, bajé rápidamente del colectivo aún confundido por el
cansancio.
De
golpe noté que en vez de gotas de agua, caían gotas color rojo oscuro. Abrí la
boca y dejé caer algunas sobre mi boca y en ese momento, me dí cuenta de que era sangre .Entonces traté de despertarme pellizcándome y
golpeándome para ver si aún estaba dormido. Pero nada ocurría y allí supe que
algo extraño pasaba y que esta no era mi
ciudad. Esperé cuatro horas bajo la lluvia sangrienta, para ver si pasaba un colectivo, pero nada. Tenía frío y miedo .Entonces, decidí empezar
a caminar, hasta que me encontré con lo que parecía ser un elfo. Era de corta estatura y con orejas puntiagudas .En
el momento que lo vi me quedé quieto, y el elfo me empezó a olfatear, hasta que
paró, me miró y dijo:
— ¡Oh,
por dios! Mi realeza, ¿qué hace aquí? Soy Stanis, su elfo servidor.
—
¿Qué?—pregunté asombrado y aturdido por
la situación.
—Venga,
acompáñeme, príncipe Quizcouz.
—
¿Príncipe de qué? ¿Cómo sabe mi apellido?
— ¿Sabe
algo de su abuelo?
—Sí,
desapareció cuando mi padre era joven.
—No,
su abuelo era el rey de este reino de
Kaskan. Murió aquí, y en su agonía dijo que su nieto iba a venir a gobernar. Tenía razón. Este es su reino—me
dijo señalando un gigantesco castillo.
A
medida que entrábamos a la gigantesca torre todo elfo, animal o duende se
arrodillaba ante mi presencia. En ese mismísimo momento supe cuál era mi
destino: hacerme cargo del reino.
Pasaron
muchos años y hubo muchas guerras en el medio, pero finalmente el reino de
Kaskan volvió a ser el mismo. Luego de la reconquista, le dejé el reino a Stalin porque confiaba en
su sabiduría y en su bondad.
En
mi agonía, salí a dar un paseo y, milagrosamente, como aquella lejana vez,
apareció un colectivo de la línea 22. Subí,
me senté y me quedé dormido. Cuando desperté, era el 22 de septiembre de 1971,
estaba subiendo al colectivo y entonces
dije:
—Disculpe,
pero hoy voy caminando.